¿Dónde me paro frente a una crisis?

“Los vínculos deben cumplir con la reciprocidad”, decía Carlos como aporte al grupo sobre el dar y el recibir del otro. “Si damos, decía Carlos, se supone que esperamos recibir (hipótesis básica), es más, debemos exigir que se cumpla esta reciprocidad”.

Creí oportuno proponer que pensáramos sobre el cuidado que deberíamos tener con este tipo de frases hechas que suenan tan “justas”, ya que, como ésta, pueden encerrar la trampa de olvidarnos de la referencia utilizada para determinar si se cumple o no la reciprocidad. ¿Qué es para mí lo recíproco? ¿Cómo lo mido? ¿Qué es para el otro lo recíproco? Cada uno utiliza su propia “regla o vara” para medir la reciprocidad. Puedo sentir que la cosa viene bien, mientras que el otro puede expresarme que no se cumple la reciprocidad de mi parte, es decir: lo que doy no es lo que el otro considera recíproco (o lo que espera recibir).

Hablábamos de los vínculos (familiares, laborales, afectivos, etc.) y de cómo construimos los puentes que nos permiten interactuar con los otros. Vamos y volvemos por esos puentes. El tránsito es obligado. Si nos quedamos en el otro lado se trataría de una mudanza, lo que estaría significando que el vínculo se ha suspendido, ha perdido el dinamismo. Han dejado de existir “el otro y yo”. Es acá cuando perdemos toda referencia posible de nosotros mismos y de los otros.

El poeta lírico no está obligado a demostrar nada; la única demostración es el patetismo de la vivencia. El genio lírico es el genio de la inexperiencia. El poeta sabe poco del mundo, pero las palabras que de él salen se estructuran en conjuntos hermosos que son definitivos como el cristal; el poeta es inmaduro y sin embargo su verso es tan acabado como una profecía ante la cual hasta él mismo queda asombrado” (Milan Kundera. La vida está en otra parte).

crisis2En una empresa en la que estábamos trabajando en el diseño del plan de negocios para el próximo año, fueron apareciendo frases sueltas sobre ciertos supuestos que se tomarían en consideración en el plan. Estos supuestos se van convirtiendo en el marco del plan, y en función de los mismos se fijan los objetivos y se diseñan las acciones para alcanzarlos. El supuesto principal era que la crisis podría desatar ciertas reacciones en los clientes de la empresa. Cuando propuse comenzar a sustentar a los supuestos propuestos1 el ímpetu hizo agua. Nos dimos cuenta que los rumores sobre la crisis, y sus consecuencias, se habían instalado en cada uno de los directivos. Ellos mismos habían sido “atrapados” por el lado oscuro de la crisis. ¿Cuál era el problema? ¿Por qué esta circunstancia debería ser mala?

La crisis, que podía resultar un puente entre los clientes y la empresa se instaló entre ellos y su energía negativa fue apropiándose de la visión de estos profesionales. Uno de ellos propuso dedicarse al presente, para atajar penales. Hay que cuidar a los clientes, no podemos olvidarnos que de ellos comemos. A mí me sonó a otra frase hecha… Además, eso era justamente lo que venían haciendo desde siempre, incluso en épocas sin crisis. Habían decidido contratarme para que coordinara sus reuniones. La crisis había surgido como una oportunidad para ingresar en nuevas cuentas y/o incrementar los negocios en sus clientes actuales.

El Nro. 1, H, ejercía un liderazgo paternalista muy fuerte frente a sus asociados. Ellos sentían miedo (o desgano acomodaticio) a la hora de sostener sus puntos de vista en presencia de H. En cuanto H objetaba alguna de sus opiniones, la desestimaban sin ningún tipo de consideración colectiva. Mientras tanto, H recurría a frases “acabadas” que no lograba “transformarlas” en acción por falta de consenso operativo, ni suyo ni de sus asociados.
En una reunión a la que no asistió H, los asociados se asumieron incapaces de poder “convencer” a H para impulsar acciones diferentes. Los insté a que se olvidaran de buscar convencer a H y que ellos mismos se lanzaran a hacer aquello que consideraban que había que hacer. Nada fácil por cierto eso del hacer… Solemos enamorarnos de las palabras, nos vamos acomodando a ellas, nos arrullan e ingresamos en un lirismo que se lleva muy mal con la acción orientada a comprobar qué tal funcionan nuestros supuestos sobre “esa realidad” que vemos o percibimos. Nos olvidamos aquello de que somos los que construimos, a diario, nuestra realidad.

crisis3Nos encantan las certezas y esto nos impulsa a verlas en toda frase que expresamos. Desaparecen las dudas sobre nuestras percepciones y de repente nos encontramos en un callejón sin salida. Es aquí, cuando, sin darnos cuenta, pretendemos “ajustar el contexto a nuestra realidad”.

¿Qué le disparó la posibilidad o la certeza de una crisis a esta gente? ¿Por qué los ancló en un hoy “eterno” sin poder mirarlo como una plataforma de lanzamiento de un futuro deseado? Claro está que para responder estas preguntas se requiere la voluntad, la humildad y la disciplina para “aprender”, de lo contrario quedan flotando y nadie le presta atención y se sigue haciendo lo mismo que se venía haciendo, aunque produzca cierto nivel de insatisfacción.

“Así me convencía a mí mismo, tomando una de las muchas desviaciones equivocadas que he seguido en un camino aparentemente acertado pero que me ha conducido al corazón de un laberinto” (J.M. Coetzee – Esperando a los bárbaros).

No hay nada que hacer, sin el registro del otro, nos quedamos solos. No sirven de mucho nuestros discursos inclusivos si no los acompañamos con actos concretos. En los momentos previos al armado de un plan de negocios, pareciera que nos vamos a comer al mercado, todo nos parece simple. A la hora de diseñar el plan nos damos cuenta que se complica el sostenimiento de aquellas frases dichas.

La implementación es, justamente, la que nos aporta la información que necesitamos para continuar. Nos aporta los resultados que vamos obteniendo, son la referencia concreta de lo efectivo (o no) del plan y nos permite ir corrigiendo aquello que supusimos. Prueba y error. No hay otra manera que ir haciendo camino al andar. Cada paso se convierte en el impulsor del siguiente. El plan no debería ser mirado como “algo” definitivo, sino tan sólo como un punto de partida, un conjunto de metas y acciones que nos acercan y/o nos alejan de aquello que deseamos alcanzar. Para esto hay que estar atentos y comprometernos con el recorrido aceptándonos como seres humanos falaces.

Hablábamos con un grupo de emprendedores sobe la crisis que se desató a finales del año pasado (2008). Entre todos fuimos exponiendo la necesidad de preservarnos de tanta noticia. Para esto hay que estar dispuestos a discernir entre todo lo escuchado y leído o escuchar y leer menos. Uno de los asistentes se mostró en desacuerdo con esto último. “Trato de leer y escuchar todo lo que puedo y a pesar de que me lleno de temor y me paralizo, creo que es la única manera de contactarme con la realidad, creo que es un error el permanecer aislado”.

Sonó curioso que no estando de acuerdo con el grupo, reconociera que la estaba pasando mal y su quietud, provocada por el temor, lo mantenía alejado del mercado, sin buscarlo, todo lo contrario, se aislaba.

¿Qué hacemos con la información que incorporamos? Si no hacemos “algo” (analizarla, disparar reflexiones con otros, evaluar el impacto en el segmento en el que actuamos, etc…) con eso es casi seguro que nos supere y tanta carga termine provocando el aislamiento no deseado. El trabajo de hacer algo con los datos sobre el contexto, en última instancia, es personal e indelegable. En el mientras tanto, el grupo nos ayuda a alcanzar miradas diferentes. Nos olvidamos que en todo momento estamos interpretando lo que nos llega y que esa interpretación puede resultar, como mínimo, muy parcializada. El grupo (suma de interpretaciones) nos aporta diferentes miradas y nos ayuda a alcanzar una mirada personal “más amplia”.

Lo que sucede en el contexto nos impulsa a adaptar de manera continua nuestros planes y acciones. Nuestros negocios deben cumplir con aquella reciprocidad mencionada por Carlos. Lo que hago o haga debe acercarme a lo que deseo alcanzar. Si el contexto ha cambiado, pues, entonces, es probable que deba adaptar mis planes. De eso se trata vivir… Debo lograr la reciprocidad con el mercado, de eso se trata cuando hacemos negocios.

Un emprendedor comentaba “los negocios a los que les dejo en consignación mis productos están pinchados, no están vendiendo nada y eso me afecta mucho”. En el grupo comenzó a circular la sugerencia de buscar canales de venta alternativos. Si mis clientes actuales no compran, hay que buscar otros. Si un comerciante, a pesar de estar recibiendo mercadería en consignación, se queja por el precio, por las condiciones o por lo que sea, creo que sería oportuno pensar en decirle adiós o hasta luego y buscar aquellos que se alegren por poder incrementar sus ventas sin arriesgar su propio capital de trabajo.

¿Por qué decidimos quedarnos pegados a la queja? Si un cliente, para nuestra mirada, no cumple con la reciprocidad por qué quedarnos en el “espacio” del lamento inconducente. En lugar de dejarnos empujar por la energía positiva de gente optimista, nos seducen aquellos que ven todo negro, sin salida. Este es el tipo de trabajo individual que deberíamos hacer para encontrarnos, para conocernos, para enterarnos un poco de nuestro proceso de toma de decisiones.

Poder elegir con quienes construimos nuestros vínculos nos hace sentir en camino hacia aquello que deseamos. Revisar nuestros vínculos es un ejercicio fundamental que nos permitirá elegir y/o reelegir a aquellos con los que transitamos nuestro camino de vida. Al elegir permanecer construyendo vínculos nos hacemos protagonistas de nuestro presente, que nos conduce, inevitablemente, a nuestro futuro.

Las crisis, es evidente, atentan contra el statu quo en el que venimos acomodados. Nos impulsan a revisar objetivos, estrategias y tácticas. Nos ayudan a enfrentarnos a nuestro temor a cambiar, nos brindan la oportunidad, es cierto que muchas veces de manera algo brusca, de crecer.

Creo que está bueno eso de preguntarnos ¿dónde estoy parado frente a la crisis que vivo o que se vive en mi contexto? Creo que es un buen arranque para no caer seducidos por el miedo colectivo que se retroalimenta de manera exponencial provocando desaliento y desesperanza.

1) Estar o no de acuerdo con lo que el otro nos dice, nos coloca en una posición autoritaria. Con un simple comentario descalificamos al otro. Lo mismo sucede si nuestros supuestos no son sostenidos mediante un encadenamiento lógico. “La crisis impactará muy fuerte a partir de tal mes y provocará una caída de las ventas de tal porcentaje”. ¿En qué me baso para suponer esto?

Oscar O. Conti

Atiendo y administro mi farmacia barrial y brindo servicios de consultoría sobre diagnóstico y aprendizaje de las organizaciones.
Estudié Farmacia y Bioquímica y Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires.
Me especialicé en Planeamiento y Control de Gestión.
Trabajé en organizaciones multinacionales y locales y como consultor independiente en empresas argentinas e internacionales.
Coordiné seminarios y talleres sobre planeamiento y control de gestión en la Universidad de La Matanza, y en diversas organizaciones con y sin fines de lucro.
Trabajé como voluntario en el Programa de Salud Mental del Hospital Pirovano coordinando talleres vivenciales.